Le
conocía de vista, apenas podía saber lo que la gente decía de él, era un
rompecorazones, y eso se demostraba a medida que el reloj caminaba. Todo el
mundo lo sabía, él hablaba con chicas, por así decirlo se las ‘ligaba’ de algún
modo, teniendo pareja o no, él lo hacía. Pero lo que sí era cierto, es que no
tenía un torso marcado, unos pectorales definidos, o unos brazos remarcados del
gimnasio, pero sí le pertenecían unos preciosos ojos verdes, unos dientes que
marcaban su hermosa sonrisa, su capacidad de atraer a alguien hacia él, que le
hacían único.
No
fue hasta octubre, a principios de ese mes, que Leire entró en el banco, con su
hermana, que a la espera de la cola, entró un chico de mediana estatura, de
unos catorce años, con unos pantalones negros, una camiseta amarilla y una
gorra de marca, con unos ojos verdes-azulados y unos preciosos labios
semi-finos que llamó su atención, sí, era él, Abraham García, el querido
‘rompecorazones’. Había que reconocer, que el adolescente era bastante
atractivo.
Se cruzaron un par de miradas, a pesar de la vestimenta de Leire, que venía con ropa de andar por casa, él se fijó en ella, y como meses después le dijo, no había hablado con Leire debido a que mantenía una relación.
Se cruzaron un par de miradas, a pesar de la vestimenta de Leire, que venía con ropa de andar por casa, él se fijó en ella, y como meses después le dijo, no había hablado con Leire debido a que mantenía una relación.
Leire
era una niña, de once años, que debido a un desarrollo precoz, ya tenía pechos
desde los siete, casi tenía cuerpo de mujer, y ya tenía atracción hacia los
chicos. Ella tenía a Abraham en una de
sus redes sociales, pero al él ser mayor, ella no se decidió a hablarle por mensaje
instantáneo.
Solía tener ‘novietes’ de dos o tres días, de tonterías, pero un día, meses después del encuentro con Abraham, llegó Alejandro Fernández, un chico de otro pueblo, que ya estaba en el instituto, y estudiaba 1ºESO, empezaron a hablar y, finalmente, salieron juntos. A los cuatro días, lo dejaron, no fue seria la relación, ni mucho menos, pero, Lerie tenía una especie de miedo al rechazo, y al él dejarla, sintió rabia, quería desahogarse, y de repente en mensajes instantáneos, sonó un ‘bip’ que provenía de Abraham, que la saludaba. Comenzaron a hablar, y coincidieron en hablar sobre aquél día en el banco, los dos se recordaban perfectamente, sus rostros, sus cuerpos, sus gestos…
Solía tener ‘novietes’ de dos o tres días, de tonterías, pero un día, meses después del encuentro con Abraham, llegó Alejandro Fernández, un chico de otro pueblo, que ya estaba en el instituto, y estudiaba 1ºESO, empezaron a hablar y, finalmente, salieron juntos. A los cuatro días, lo dejaron, no fue seria la relación, ni mucho menos, pero, Lerie tenía una especie de miedo al rechazo, y al él dejarla, sintió rabia, quería desahogarse, y de repente en mensajes instantáneos, sonó un ‘bip’ que provenía de Abraham, que la saludaba. Comenzaron a hablar, y coincidieron en hablar sobre aquél día en el banco, los dos se recordaban perfectamente, sus rostros, sus cuerpos, sus gestos…
–¡Que
me coma el coño, el gilipollas ese! –soltó Laura, al ver que Abraham hablaba
sobre Alejandro.
–Mejor te lo como yo, jajajaja. –señaló Abraham
bromeando al respecto.
En
ese momento, los dos supieron que había química, sin saber cómo ni por qué, los
dos, con empatía, comenzaron a reír, cada uno desde su habitación.
Tardes
que fueron perdidas, frente al ordenador, con la ‘webcam’ conectada entre los
dos, llegó diciembre, vacaciones, ella ya sentía cosas hacia él, casi dos meses
hablando tonterías todas las tardes, boberías que la hacían sonreír y feliz,
cómo le gustaba ser feliz, o por lo menos, sentirse libre de problemas, de
malas influencias, sentirse como dentro de una bolita de cristal, que él
protegía.
Las
tardes, se convertían en noches, que se convertían en madrugadas, pegados al
ordenador, hasta las cuatro de la mañana, con tonterías, que para algunos
serían gilipolleces, pero para ellos,
eran sus tonterías, sus boberías, cosas inútiles que les hacían sonreír, les
hacían sentirse en empatía, notarse por un momento un ‘nosotros’.
Fin de año, ella emocionada, como una niña pequeña, a pocos minutos de la hora bruja, escribiéndole ‘Quiero un 2013 contigo’, para enviárselo a las 23:59, como deseaba desde el principio de ese mes.
Fin de año, ella emocionada, como una niña pequeña, a pocos minutos de la hora bruja, escribiéndole ‘Quiero un 2013 contigo’, para enviárselo a las 23:59, como deseaba desde el principio de ese mes.
Ya decían para quedar, a solas y esas cosas,
le encantaba la idea de verle a solas, hablando en persona, ellos dos, aunque
le asustaba, nunca había quedado con un chico, y mucho menos mayor que ella. El
dieciocho de febrero, en la plaza del pueblo de él, a las 17:00, aunque Leire
llegó por supuesto, a las 17:15, tenía bastante emoción. Se dieron dos besos,
ella sintió un cosquilleo en el estómago, llevaba esperando ese momento desde
octubre.
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